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22 de abril 2026

Subalternidad, autonomía y hegemonía. Movimiento social y partido político




Categoria:

Filosofía política

 

Massimo Modonesi

Universidad Nacional Autónoma de México

 

Massimo Modonesi, historiador, sociólogo y politólogo de origen italiano, aunque radicado en México como investigador de los procesos políticos latinoamericanos; maestro, doctor y catedrático de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), parte de tres coordenadas propuestas por Antonio Gramsci —subalternidad, autonomía y hegemonía— para desarrollar un argumento actualizado a propósito de la conformación del sujeto político y de la tensión entre partido y movimiento social.

Modonesi lo explica ampliamente en este texto, versión de la conferencia que dictó el pasado 10 de marzo de 2026 en el Instituto de Estudios Legislativos del Congreso del Estado de México.

 

 

Introducción

Muchas gracias, Juan Carlos Villarreal, por la invitación. Muchas gracias, diputada Nelly Brígida Rivera Sánchez, por acompañarme. Hace mucho que no venía a hablar en Toluca; la última vez estuve en el salón Benito Juárez del Congreso local. Y me da mucho gusto venir porque “soy rojo desde la cuna, de que vamos a salir campeones no tengo duda”. Pero también soy rojo del 1917, no solo de la fundación de equipo de Toluca, sino también de una tradición, de un movimiento político que también nació en ese año revolucionario.

Les voy a presentar un planteamiento inicialmente teórico, detrás del cual está una preocupación eminentemente política, e incluso totalmente actual, que es esa tensión problemática entre el movimiento social y el partido político como dos instancias del quehacer político de las clases subalternas, de las clases oprimidas. Una preocupación que podemos incluso plantear en forma de fábula: había una vez un partido que quería ser movimiento y un movimiento que quería ser partido, pero nunca se encontraron. Hay que ver qué tanto se entrecruzan esas dos instancias y cuáles son los costos de los desencuentros, de si un partido fagocita al movimiento o un movimiento no termina siendo capaz de ser partido.

Es una temática que atraviesa la historia de la izquierda mexicana desde siempre, y no dudo que tenga una expresión actual y que todos los que participan de los debates internos de las distintas organizaciones que componen el campo de las izquierdas mexicanas se interrogan —tarde o temprano— sobre eso. 

También en algún momento posterior les podría dar cuenta de las experiencias de otros países en América Latina donde hubo gobiernos progresistas —y en algunos los sigue habiendo— impulsados por partidos pero que surgieron de circunstancias generadas por experiencias de movilización social. Actualmente, en Colombia, por ejemplo, se están jugando momentos delicados de la vida política nacional en términos electorales. En otros países hubo situaciones dramáticas después de momentos exaltantes, como el caso chileno. Tenemos un panorama que nos tiene mucho que enseñar respecto de cómo se vivieron trayectorias de encuentros y desencuentros entre partidos y movimientos que fueron más prolongadas que la mexicana. En la mexicana tenemos una historia en curso; en Latinoamérica, en muchos casos, ya se transitó por momentos y etapas.

Para pensar la relación entre partido político y movimiento social quiero presentarles tres conceptos fundamentales: subalternidad, autonomía y hegemonía. Los tres conceptos tienen copyright de autor. No me voy a detener mucho en el autor, que es Antonio Gramsci, un gran pensador que viene de la tradición marxista, comunista; que, en un momento dado, por ser protagonista de la lucha revolucionaria, se encontró preso en una cárcel fascista, en las cárceles de Mussolini, y en ese momento, lejos del frenesí de la acción política pudo reflexionar más allá de la coyuntura, en clave teórica. Antes escribía más para el momento inmediato y para el debate político en el cual estaba inserto.

En la cárcel, con el material que tenía a disposición, empezó a escribir apuntes y notas de carácter más general, más abstracto, más teórico, y se convirtió en uno de los grandes teóricos no solo del marxismo de la época, sino del pensamiento crítico que hoy podríamos llamar “neomarxista” o “posmarxista”. Es un autor que actualmente sigue teniendo mucha resonancia, es traducido a todos los idiomas. Diríamos incluso que es, después de Marx, el marxista más citado y más leído en el mundo. 

Voy a presentar algunas ideas de Gramsci, elaboradas con algunas conexiones de mi cosecha para atar unos cabos y actualizar el planteamiento, porque necesariamente, a una distancia de cien años, ciertos conceptos requieren ser ajustados, aunque, sin embargo, el valor de la teoría, el valor de la abstracción, es justamente que los conceptos siguen siendo válidos, útiles y actuales. Ahí está la dimensión clásica de ciertas cuestiones de la teoría política: no podemos vivir solo de inmediatez, de resolver problemas en función de soluciones inmediatas, sin considerar las coordenadas más abstractas y más generales a las cuales remiten.

Considero que esas tres coordenadas conceptuales que ofrece Gramsci no dejan de ser fundamentales para entender el problema de la tensión entre partido y movimiento social; ese es el propósito. Hablemos entonces de subalternidad, autonomía y hegemonía, en ese orden.

 

Subalternidad

¿Qué quería decir Gramsci cuando empezó a hablar de subalternos, de clases subalternas, de grupos subalternos? Lo que quería era tratar de complejizar la teoría marxista de la época y salirse de una esquina, llamémosla así, de pensar solo en términos de trabajadores, de clase obrera y de explotados. Salirse no quería decir abandonar esa perspectiva. Él pensaba que Marx y otros autores marxistas bien habían colocado las coordenadas fundamentales para pensar en la relación capital-trabajo, en los trabajadores y en el principio de explotación como un principio fundante de la dinámica y de la acumulación capitalista. Entonces eso lo daba por bueno, no es que lo negara, pero decía: nos hizo falta a los marxistas pensar más en detalle las relaciones de dominación política y cultural.

Es decir, tenemos que pensar que la condición de las clases explotadas entremezcla y entrecruza condiciones estrictamente materiales, económicas de existencia material, con toda una serie de ataduras, de incorporación y padecimiento de dinámicas de dominación que se traducen en, justamente, una condición de subordinación y de subalternidad. Por lo tanto, si se quería pensar la construcción desde abajo, desde el mundo de las clases oprimidas y desde el pueblo —si se quería impulsar la construcción de una subjetividad política—, había que entender exactamente cómo se constituía esa condición subalterna, descifrando sus elementos.

Es importante señalar además que Gramsci entendía a la subalternidad de forma muy sutil, no solo como una condición de pasividad y de aceptación de la dominación, como esa condición en donde el sujeto se encuentra sometido a las reglas dominantes y a lo que las clases dominantes imponen. Su forma sutil de entender la subalternidad implicaba también una primera dimensión activa, de un sujeto capaz de actuar bajo la forma de la resistencia. 

Entonces, la noción de subalterno tiene dos caras de un embrión de construcción de subjetividad política en las clases populares. Por una parte, una dimensión pasiva en la aceptación, el padecimiento y la incorporación de las condiciones de subordinación. Al mismo tiempo, un margen de acción y de maniobra, un juego de cintura en términos de cierta capacidad de resistencia. Ni más ni menos que resistencia.

Los subalternos son asujetados, amaniatados, pero se van subjetivando, van empezando a construir una subjetividad propia. Es decir, no es total pasividad, a pesar de que la dominación impone cierta pasividad y aceptación de las reglas de mando-obediencia porque, al mismo tiempo, hay un margen de constitución resistencial que, si bien no termina dando luz a un sujeto político pleno, lo anuncia, lo prefigura.  

Lo que quería decir Gramsci con eso es que tenemos que estudiar la condición social, cultural y política de las clases subalternas y no caer en el dualismo activo-pasivo de decir que son totalmente pasivos y resignarse o, por el contrario, exaltarlos como si fueran sujetos ya constituidos, siempre dispuestos a lanzarse a la rebelión. Entre uno y otro extremo, habría todo un trabajo que era político para él, pero que también tenía un trasfondo, llamémoslo socioantropológico, de comprensión de la constitución sociopolítica cultural de las clases populares. Implicaba, por lo tanto, hilar fino en ese terreno, sin idealizarlas y sin demonizarlas.

Eso, para la teoría marxista de la época, era plantear una revolución teórica, porque, por un lado, los trabajadores se concebían de forma binaria: pasivos y subordinados o conscientes y revolucionarios. Era blanco o era negro, y parecía que el blanco y negro se dirimía en función de su adhesión a un sindicato, de haber leído el Manifiesto del Partido Comunista y de haberse inscrito en un partido revolucionario de la época. Entonces, insertar esa cuestión implicaba una sensibilidad política que, por lo tanto, se traducía en una tensión analítica.

Gramsci era muy claro en que había que subrayar los límites políticos de las clases subalternas. O sea, la noción de subalternidad, de clase subalterna, de grupo subalterno, es una noción crítica. ¿Por qué es crítica? Porque es una noción que implica reconocer los límites y, al mismo tiempo, vislumbrar las perspectivas y las posibilidades de constitución de un sujeto político. 

¿En qué sentido? Por ejemplo, Gramsci decía que las clases subalternas tienen una conciencia contradictoria, cosa que también era muy herética en la época, porque o había conciencia o no había conciencia. La conciencia contradictoria para Gramsci era ese punto de equilibrio precario entre la incorporación de visiones del mundo que venían de otros, de las clases dominantes. Pongamos un ejemplo: estamos empapados de neoliberalismo, estamos empapados de cultura machista y patriarcal, estamos empapados de una cultura capitalista de largo alcance, entonces hay una dimensión que finalmente no nos permite romper con eso. En ese caso, la contradicción de la conciencia era que, por un lado, había esa configuración dictada desde arriba y desde afuera, pero, por otro lado, había cierta capacidad de mirada crítica y cierta conciencia que nacía abajo y adentro.

Entonces, siguiendo con el ejemplo, podemos asumir que estamos empapados de valores neoliberales, pero, al mismo tiempo, nos damos cuenta de que nosotros no somos los que ganamos en el orden neoliberal, que somos los que pagamos los costos, somos los que realizamos el trabajo, etcétera. Entonces algo ahí se empezaba a mover la concepción del mundo.

Otra cosa que decía Gramsci es que los subalternos luchaban y resistían, pero siempre estaban a la defensiva, y no terminaban de constituirse como sujetos porque siempre estaban sometidos a la iniciativa de las clases dominantes. Aun cuando resistían y luchaban, no dejaban de estar enmarcados en un contexto que era constituido por las fuerzas que dominaban el sistema económico y político de la época. Mutatis mutandi, podemos pensar en nuestro tiempo. Incluso podríamos pensar, un poco provocatoriamente, que, a pesar de que se constituyó un movimiento o un partido político, no deja de estar a la defensiva, porque finalmente hay dinámicas que lo rebasan, hay dinámicas que imponen unos límites que son avasalladores respecto a posibilidades de transformaciones reales. 

 

Autonomía

¿Qué contraponía Gramsci a la idea de subalternidad? Para empezar, otro concepto, que era el de autonomía. La contraparte o el contrapunto de la noción de subalternidad es la noción de autonomía. Para Gramsci, la construcción de un sujeto, que necesariamente nace y germina en las contradicciones de la subalternidad, se va afirmando en la medida en que conquista pisos, niveles de autonomía. Formula una idea sugerente que apunta a una conceptualización de la autonomía no como algo que se conquista así de un día para otro, sino que se manifiesta como un proceso de autonomización, de construcción de cualidades y características autónomas que, para Gramsci, que venía de esa tradición política de la época, fundamentalmente se realizaban alrededor de dos grandes vectores: capacidad de autoconciencia y capacidad de autoorganización. 

Insisto en el prefijo "auto". Autonomía quiere decir darse sus propias reglas, algo autorreferido: no depender de otros. Entonces, para Gramsci, conciencia y organización eran autoconciencia y autoorganización. No iban a venir del cielo, no iban a venir de un líder iluminado, no iban a venir de un texto sagrado; iban a venir de una práctica subjetiva de auto —otra vez— educación. Él insistía en que había una forma de construcción del sujeto político: más allá de que se organizara y se enfrentara en distintos momentos de la lucha social y política, se realizaba a través de un proceso educativo y pedagógico interno a la constitución del sujeto. 

Al respecto de la dimensión de la autoconciencia, él la plantea como “progresiva autoconciencia”, lo cual nos dice que no es algo que se conquista de un día para otro, sino que hay que tener una orientación, un proyecto para ir impulsando ese proceso. La conciencia se conectaba al concepto de ideología —aunque Gramsci prefería hablar de “concepción del mundo”—. O sea, la conciencia finalmente era una forma de adquirir una concepción del mundo propia, una visión del mundo propia; por lo tanto, implicaba una separación —él lo llamaba “espíritu de escisión”, de ruptura— respecto de la visión del mundo de las clases dominantes.

Entonces, la autonomía era una ruptura, una separación conceptual, mental, cultural e ideológica de concepción del mundo respecto de las clases dominantes y la constitución de una visión del mundo propia. Era un punto de quiebre, de inflexión fundamental, un proceso de acumulación de fuerza subjetiva ligada a la construcción de la conciencia.

Y el otro gran vector que subrayaba Gramsci era obviamente el de la organización; visión del mundo, pero también organización. Y ahí también había que hacer el mismo movimiento: romper y autoconstituirse. Romper con las ataduras, dejar de participar en organizaciones sociales, sindicales o políticas construidas por las clases dominantes y construir las propias. Progresivamente, lo que quería decir eventualmente anidar dentro de organizaciones todavía dependientes de las clases dominantes, pero ir recortando un espacio propio autónomo. Construir un sujeto político en el espacio organizacional implicaba, precisamente, un progresivo alejamiento de aquellos espacios contaminados por las clases dominantes, buscar esa distancia que no puede darse de un día para otro, pero que sí se tiene que dar a mediano alcance para que, efectivamente, se constituya un sujeto político pleno. 

La autonomía es un pasaje central, incluso podríamos decir que es un primer punto de llegada y de salida de la subalternidad; es un pasaje de la resistencia, de la mera resistencia defensiva a un momento de constitución subjetiva que permite tomar la iniciativa. Es decir, da cuenta de que se pasa a la ofensiva; se transita de la resistencia a la rebeldía, de la resistencia a una contraposición franca y abierta respecto de las clases dominantes y de sus organismos sociales y políticos.

Pero Gramsci no se quedaba ahí, aunque eso lo decía muy bien y lo decía de forma teóricamente impecable, podríamos decir que eso ya existía de alguna manera en la lógica de la constitución de las tradiciones que venían del movimiento obrero y de tradiciones socialistas y comunistas. Gramsci inserta ahí una palabra, agrega un punto a través de un concepto —de hecho, Gramsci se hizo más famoso por ese último término que por los anteriores—, que es el de “hegemonía”.

 

Hegemonía

Al mismo tiempo, Gramsci decía que no es suficiente pasar de la subalternidad a la autonomía; hay que ser capaces de pensarse y de actuar en forma hegemónica. ¿Y qué quería decir Gramsci con hegemonía? Aquí voy a hacer una distinción, porque hay dos acepciones de hegemonía que se entrecruzan. La más conocida, y la que domina el escenario actual, la que trascendió y se convirtió en una palabra que hoy en día pertenece al léxico de la teoría política, es una idea de la hegemonía como construcción de un ejercicio de dominación fundamentalmente basada en el consenso. En resumen, la idea de hegemonía es saber gobernar a través del consenso.

Esa es la acepción que probablemente todos ustedes conocen. Ser hegemónicos es ser dominantes, pero no dominantes vía coerción, vía amenaza del uso de la violencia o el uso de la violencia, sino dominantes y dirigentes a través de la capacidad de alianzas, de persuasión y de convencimiento. Esa es la palabra.

Claro, ese no deja de ser el sentido fundamental de la noción de hegemonía, pero en Gramsci y en toda la tradición bolchevique a la que él pertenecía en realidad no se estaba pensando tanto en un gobierno o en un Estado que fuera hegemónico. Se estaba pensando en la construcción de un sujeto alternativo, de un sujeto portador de un proyecto alternativo de hegemonía, que disputara el poder a la burguesía y que se planteara un horizonte anti y post capitalista.

La noción de hegemonía se desdobla. Por un lado, es la crítica a la constitución del poder establecido. Al respecto, lo que decía Gramsci es: hay que entender que las clases dominantes en el capitalismo avanzado —por tanto, no en Rusia, no en la periferia— y construyen su fuerza política y social a través de una práctica hegemónica que va blindando su poder político estatal a través de una serie de trincheras de la sociedad civil (la sociedad civil, las dimensiones culturales, sociales y comportamentales finalmente blindan un orden político). Por lo tanto, hegemonía es esa operación de blindaje político y cultural de un orden, de una dominación y, por ende, es un atributo del Estado y del gobierno.

De esta forma, la idea era que había que hacer una crítica y había que ver cómo la hegemonía era una sofisticación de las formas de dominación, por lo que no había que caer en la ilusión de que había que lanzarse a la revolución en cualquier momento y que la revolución consistía en una marcha rápida de conquista del palacio de gobierno, sino que había que ir trabajando en clave, desmantelando todo ese andamiaje sociocultural que sostenía el aparato de consenso de las clases dominantes y que blindaba, protegía y amparaba el Estado capitalista. 

Esa es una acepción sin duda fundamental. De hecho, entra como una contribución neta de Gramsci al pensamiento político occidental, y hoy en día es parte del lenguaje común y es parte de un análisis compartido, además, porque las cosas, efectivamente, fueron en esa dirección, o sea, la dirección de una construcción siempre más de Estados y de formas de construcción política que se basan en políticas culturales, en planteamientos ideológicos de persuasión y difusión.

Gramsci se preocupaba de aquellos que llamaba “intelectuales orgánicos”, de aquellos funcionarios que operaban concretamente la hegemonía. Pensaba en las escuelas, en los medios de comunicación de la época —donde ya se contaba con la radio—, pensaba en todo el aparato clerical y en todos aquellos que contribuían finalmente a construir sentido común y a asentar cierta convicción de que había ciertas reglas que había que aceptar —la regla de la propiedad, las reglas jerárquicas—, es decir, toda una serie de trincheras que defendían el edificio estatal y el poder coercitivo, y sin la cual las clases dominantes se volvían más vulnerables a una iniciativa revolucionaria de tipo insurreccional. Gramsci plantea que, en este contexto de Estado integral (blindado por la sociedad civil), es necesario impulsar una guerra de posiciones, no solo una guerra de movimiento y lanzarse a la conquista del palacio de gobierno. 

Pero todo esto en realidad —que es fundamental, es muy interesante y es parte, hoy en día, de un léxico de la política que tenemos ya relativamente asentado—, Gramsci lo pensaba como un elemento constitutivo de un sujeto político que brotara desde abajo; es decir, un sujeto que dejara de ser subalterno para volverse autónomo, se planteara un horizonte hegemónico y que disputara la hegemonía. ¿Y cómo iba a disputar la hegemonía? Primero, constituyéndose como sujeto, es decir, poniéndose de pie como sujeto, pero, al mismo tiempo, tejiendo relaciones horizontales, entrando en esa disputa hegemónica. Es decir, no limitándose a una autonomía, a una separación, a una escisión que fuera estéril y que fuera solo autorreferida.

Todos ustedes que viven la vida política saben que hay actores que se constituyen en la lucha, se constituyen en la resistencia, se constituyen en la rebelión, pero después se quedan atrincherados en su esquina y luchan en términos de la parcialidad de sus intereses —legítimos, sin duda, y ganados a pulso a través de gestas de lucha social fundamentales—, pero que difícilmente logran trascender ese horizonte limitado y parcial, que les cuesta articularse en un proyecto, en un programa más universal, más general que trascienda las autonomías y las instancias identitarias.

Y ahí es donde pasamos de la idea de movimientos sociales, en plural, a la idea de movimiento social, en singular, y, eventualmente, de partido político, si es que cabe esa palabra hoy, cuando los partidos políticos están muy desacreditados y son vistos más como piezas de un engranaje estrictamente institucional. 

En esa tesitura, la idea de hegemonía comporta el reto de trascender la parcialidad corporativa o gremial de las luchas y la construcción de un sujeto político amplio y articulado, lo cual implica, en primer lugar, darse cuenta de a qué nos enfrentamos, qué tipo de andamiaje es y qué tan difícil es desmantelar una construcción hegemónica que se fue acumulando en el tiempo. En segundo lugar, implica considerar que, para desmantelarla, hay que ser contrahegemónicos o alterhegemónicos, o sea, hay que ir disputar las formas de pensar el mundo, el sentido común, asediar y desmontar la cultura dominante, disputar y conquistar los espacios cruciales y estratégicos, esas trincheras de la sociedad civil en las cuales se está reproduciendo un orden político y en las cuales está circulando una visión del mundo en la que no cabe la emancipación de las clases populares. 

Esa es la tercera dimensión que Gramsci coloca complejizando el simple pasaje de la subalternidad a la autonomía.

 

A modo de conclusión

En esos tres niveles anidan problemas: ¿cómo pensar lo subalterno y cómo usarlo como una guía de análisis de la composición del movimiento social, la composición de clase incluso que estamos viviendo? El concepto de subalternidad nos ofrece una lente que permite desarmar y rearmar un rompecabezas de la constitución de las clases subalternas, su politización, su subjetivación política.

La noción de autonomía nos habla de un horizonte, pero, al mismo tiempo, de cuáles son las iniciativas y las formas de constitución de un sujeto o de sujetos que pretenden ser autónomos y qué quiere decir ser autónomos; hasta dónde se puede hablar de autonomías relativas y de autonomías parciales; hasta dónde se puede asumir, lo digo así, provocativamente, que Morena es un organismo autónomo, y autónomo de quién debería ser. Lo dejo para la reflexión colectiva.

Y, en última instancia, una vez que se es autónomo, realmente autónomo, o se tiene claro qué quiere decir ser autónomo y hacia dónde vamos en relación de autonomía, cuáles son los horizontes hegemónicos que se pueden disputar y cómo se desarma esa lógica tribal —para usar una vieja palabra que sirvió para desmantelar un partido entero—, esa lógica parcializada, fragmentaria, que atraviesa no solo las camarillas políticas, sino también las lógicas autorreferidas de organizaciones, actores y movimientos sociales. 

Muchas gracias. 


 

Massimo Modonesi es doctor en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras y maestro en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, ambas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); doctor en Ciencia Política por la Facoltà di Scienze Politiche de la Università degli Studi “La Sapienza” de Roma, Italia; miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII), Nivel III, de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, y profesor de carrera titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Correo electrónico: modonesi@politicas.unam.mx

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